La Última Columna de Humo

Fue en 1950, don Gabriel Desde entonces hasta 1955 yo venía, iba y volvía de Venezuela. Cuando llegaba a Bogotá, mi primera visita era para usted, en su alto mirador de la Avenida Jiménez de Quesada. Muchas veces me invitó a su refugio cordial, iluminado por la presencia amable de su compañera de toda la vida.  En 1954 El Espectador publicaba mis crónicas sobre la televisión de Venezuela y los innumerables sustos y aventuras que allá me sucedían. Usted – me siento orgullosa al recordarlo – las alababa y se reía de mis locuras.

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Baldomero Sanín Cano

En Rionegro de Antioquia se afincan las raíces de una estirpe de hombres que han dejado su huella en la historia de Colombia. Allí nació, el 27 de junio de 1861 Baldomero Sanín Cano. En Rionegro de Antioquia está el viejo solar de los Uribes y es un orgullo llevar su sangre, que se convirtió en gloria y mármol con Rafael, apóstol paladín y mártir.

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Carta Sin Dirección a Tristán Klingsor

No es posible saber, Tristán Klingsor, si usted vive aún, en la vieja buhardilla poblada de sombras y ecos. Desde el despintado ventanuco se advierte ahora que los castaños de París empiezan a tomar en el aire de septiembre un vago tinte de oro.

A lo mejor  ya no está allí y un día cualquiera su definitiva ausencia pasará casi inadvertida, como lo fue en un día de agosto, la de André Spire, aquel poeta judío unos seis años menor que usted, que irrumpió bruscamente, con su duro acento revolucionario y bíblico, en el armonioso concierto de la poesía simbolista francesa de las postrimerías del siglo diecinueve.

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Juan Ramón y Zenobia

El 29 de mayo de 1958 dejó de existir, en San Juan de Puerto Rico, el poeta español Juan Ramón Jiménez. Había nacido en Moguer en la Navidad de 1881. Andaluz como Bécquer y Antonio Machado, Juan Ramón era considerado el máximo poeta viviente de la lengua española.

Desde la muerte de su esposa Zenobia Camprubí, dos años antes,  Juan Ramón ya no era de este mundo. Su espíritu – y él era todo espíritu – no podía sobrevivir al dolor de la ausencia de la sonriente mujer de ojos claros, que fue para él a un mismo tiempo novia, compañera y esposa, hermana mayor, casi madre, consejera y amiga.

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Tarde de Lluvia en Belalcázar

Llueve. Una lluvia fina y sonora cae sobre las magnolias de Belalcázar, abiertas en las manos de abril. El río Cauca dialoga con un puente largo y angosto, látigo de cemento sobre la verde espalda de la tierra.

Llueve.... Oh vagos matices / de lánguidos grises / que roban la calma/ si invaden el alma....  A la entrada de Belalcázar, dos filas de pinos sembrados por las manos de Guillermo Valencia custodian la casa solariega, hidalga, que parece desprendida de una historia vieja de la vieja España.

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